No, una Sociedad Musical no es «una asociación más» del municipio

No, una Sociedad Musical no es «una asociación más» del municipio

Todas las asociaciones de un municipio merecen respeto, reconocimiento y oportunidades para desarrollar su actividad. Pero respetarlas por igual no significa fingir que todas son iguales. Una Sociedad Musical que mantiene una Escuela de Música, forma generaciones de músicos, sostiene una banda, genera actividad durante todo el año, conserva patrimonio y acompaña la vida cultural de su localidad durante décadas presenta una realidad que las administraciones deben conocer antes de decidir cómo relacionarse con ella.

En algún despacho municipal puede parecer perfectamente razonable. El Ayuntamiento dispone de un registro de asociaciones y en él aparecen una asociación deportiva, otra vecinal, una asociación de mayores, varias entidades culturales, colectivos juveniles, una peña, alguna organización solidaria y la Sociedad Musical del municipio. Todas tienen CIF, estatutos, junta directiva, socios y obligaciones administrativas. Desde el punto de vista formal comparten una naturaleza asociativa y, cuando llega el momento de organizar determinadas convocatorias municipales, resulta tentador colocar todos los expedientes sobre la misma mesa y aplicarles exactamente el mismo criterio.

Sobre el papel puede parecer incluso una decisión justa. Si todas son asociaciones, todas deberían recibir el mismo tratamiento.

El problema comienza cuando abandonamos el papel y abrimos la puerta de cada una de ellas.

No porque unas sean más importantes que otras, sino porque descubriremos inmediatamente que estamos intentando comparar organizaciones que pueden desarrollar funciones completamente diferentes dentro de la comunidad. Una asociación puede reunirse periódicamente para desarrollar una actividad concreta; otra puede organizar varios acontecimientos durante el año; otra puede prestar un servicio extraordinariamente valioso a un determinado colectivo. Y una Sociedad Musical puede estar gestionando simultáneamente una Escuela de Música, una banda titular, agrupaciones infantiles o juveniles, profesorado, decenas o centenares de alumnos, músicos, instrumentos, archivo, patrimonio, locales, actuaciones, proyectos educativos y una programación que se extiende durante prácticamente los doce meses del año.

Administrativamente pueden compartir casilla.

Culturalmente, no necesariamente estamos hablando de la misma realidad.

La igualdad no consiste en tratar como idéntico lo que es diferente

Conviene aclararlo desde el principio porque este debate puede interpretarse de una manera que FEDERBAND no comparte. Defender la singularidad de las Sociedades Musicales no significa menospreciar al resto del tejido asociativo.

Un municipio necesita asociaciones vecinales, deportivas, sociales, culturales, juveniles, solidarias y de todo tipo. Su diversidad constituye precisamente una señal de participación ciudadana y cada una debe ser valorada atendiendo a su finalidad, trayectoria, actividad e impacto.

El problema aparece cuando la Administración confunde igualdad con uniformidad.

Dar exactamente el mismo tratamiento a organizaciones que presentan estructuras, obligaciones, actividad y repercusión muy diferentes no garantiza necesariamente una política asociativa más justa. A veces consigue exactamente lo contrario: impedir que la Administración comprenda qué necesita cada entidad y qué está aportando realmente al municipio.

Nadie consideraría extraño que un Ayuntamiento estableciera políticas diferentes para un club deportivo con cientos de deportistas de base y para una pequeña asociación recreativa. Tampoco esperaríamos que una biblioteca, un festival de tres días y una Escuela Municipal de Música fueran evaluados únicamente por pertenecer todos al área de Cultura.

¿Por qué debería desaparecer esa capacidad de distinguir cuando hablamos de Sociedades Musicales?

Entremos un lunes cualquiera

Para entender la diferencia no hace falta acudir a un gran concierto.

Resulta mucho más útil visitar una Sociedad Musical un lunes de noviembre.

Probablemente no habrá público. Tampoco uniformes ni autoridades. Quizá ni siquiera haya un ensayo de la banda titular.

A primera hora de la tarde empezarán a llegar alumnos. Un profesor impartirá clase de clarinete mientras en otra sala alguien estudia percusión. Después aparecerán alumnos de Lenguaje Musical. Una banda infantil o juvenil puede tener ensayo esa misma semana y varios profesores estarán preparando audiciones o actividades.

Mientras sucede todo eso, alguna persona de la junta directiva estará gestionando documentación, atendiendo a familias, preparando una subvención, hablando con proveedores o resolviendo cuestiones relacionadas con la próxima actuación. El director de la banda titular trabaja sobre un programa que quizá no llegará al escenario hasta dentro de dos meses.

Al terminar la jornada se cerrará el local.

Al día siguiente volverá a abrir.

Esta actividad continuada ayuda a explicar por qué una Sociedad Musical no puede evaluarse únicamente contando los conciertos que ofrece al Ayuntamiento. El concierto es la parte visible de una estructura cultural y educativa mucho más extensa.

Una asociación que además puede ser una institución educativa

Aquí aparece una de las diferencias fundamentales.

Muchas Sociedades Musicales mantienen Escuelas de Música.

Eso significa organizar matrículas, coordinar horarios, disponer de profesorado, mantener instalaciones, adquirir material, atender a las familias y desarrollar procesos educativos que pueden acompañar a un alumno durante años.

Pero existe algo todavía más importante. Aquella Escuela no forma únicamente personas que quieren aprender música. En numerosos casos está construyendo la siguiente generación de la propia Sociedad Musical.

El niño que hoy comienza con ocho años puede incorporarse posteriormente a una banda juvenil y terminar ocupando un atril en la agrupación titular. Quizá continúe allí durante cuarenta años. Puede acabar enseñando a otros, formando parte de una junta directiva o llevando algún día a sus propios hijos a la misma Escuela.

Cuando una Administración colabora con una estructura de estas características no está apoyando solamente una actividad asociativa puntual. Está contribuyendo a mantener un proceso educativo y cultural cuyos resultados pueden extenderse durante generaciones.

El propio Ministerio de Cultura, al describir oficialmente las Sociedades Musicales valencianas reconocidas como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, destaca precisamente sus centros educativos y la formación de músicos como parte esencial del fenómeno. También las identifica como espacios de convivencia y relación intergeneracional.

No estamos, por tanto, ante una interpretación interesada inventada por las propias bandas. Existe ya un precedente institucional de primer nivel que reconoce que detrás de estas organizaciones hay una realidad mucho más compleja que una agrupación que se reúne ocasionalmente para realizar actividades.

Una asociación que puede acompañar toda la vida cultural de un municipio

Hay otra característica difícil de encontrar con la misma intensidad en muchos ámbitos asociativos: la continuidad histórica.

Existen Sociedades Musicales que llevan décadas, y algunas más de un siglo, acompañando a sus municipios.

Han tocado con alcaldes de distintas épocas y sensibilidades políticas. Han participado en fiestas, procesiones, actos institucionales, acontecimientos extraordinarios, celebraciones y momentos difíciles. Han formado músicos cuyos nietos pueden estar estudiando actualmente en sus Escuelas.

Durante ese tiempo han cambiado los directores, las juntas directivas, los músicos y los propios municipios.

La Sociedad Musical ha continuado.

Esa permanencia acaba depositando en la entidad algo que no aparece en una memoria económica. Se acumulan partituras, fotografías, instrumentos, programas, repertorios, costumbres y conocimientos transmitidos entre generaciones. Pero se acumula también memoria colectiva.

Hay piezas que un pueblo reconoce porque su banda lleva décadas interpretándolas. Hay fiestas cuya sonoridad resulta difícil imaginar sin determinadas músicas. Hay vecinos que recuerdan haber visto tocar a sus padres y que ahora contemplan a sus hijos ocupando los mismos atriles.

Todo ello constituye patrimonio.

Y el patrimonio no puede valorarse únicamente preguntando cuántas actividades se realizaron el año pasado.

El Estado ya ha reconocido que estamos ante algo singular

Esta reflexión adquiere todavía mayor relevancia cuando observamos qué ha ocurrido en otros territorios.

En 2021, el Gobierno de España declaró las Sociedades Musicales de la Comunitat Valenciana como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. El Real Decreto no las describe simplemente como asociaciones culturales. Las considera agentes para la protección, difusión, fomento y promoción de las tradiciones musicales y artísticas, y destaca expresamente su capacidad para generar convivencia y espacios de relación intergeneracional.

El reconocimiento valenciano responde naturalmente a las características y extraordinaria dimensión que este fenómeno posee en aquella comunidad y no puede trasladarse jurídicamente de manera automática a las Sociedades Musicales andaluzas. Pero constituye un precedente muy importante para comprender la naturaleza de estas instituciones.

Demuestra que una Administración pública puede mirar más allá de la forma jurídica de una asociación y reconocer el fenómeno cultural, educativo y social que existe detrás.

Actualmente, además, la Confederación Española de Sociedades Musicales está impulsando el reconocimiento de las Sociedades Musicales de España como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, dentro de una estrategia más amplia de conocimiento, protección y visibilidad del movimiento.

Desde FEDERBAND consideramos que Andalucía debe participar activamente en esa reflexión.

No todas las subvenciones responden a la misma finalidad

Uno de los lugares donde esta confusión se hace especialmente visible es en las políticas municipales de subvenciones.

Puede ocurrir que una Sociedad Musical termine compitiendo dentro de una convocatoria general de asociaciones culturales donde se utilizan criterios pensados para proyectos puntuales. Se valora una actividad, su presupuesto, el número de participantes o determinados gastos realizados durante un periodo concreto.

Es un instrumento perfectamente válido para muchas iniciativas.

Pero quizá resulte insuficiente para comprender una organización que necesita mantener actividad estructural durante todo el año.

Una Sociedad Musical puede tener que afrontar profesorado, dirección artística, seguros, mantenimiento de instrumentos, adquisición de partituras, suministros, instalaciones, administración, desplazamientos, uniformidad, material educativo y multitud de gastos asociados a su funcionamiento ordinario.

No se trata únicamente de financiar «el concierto del sábado».

La pregunta que debería hacerse una política cultural municipal es qué relación resulta adecuada para cada realidad existente en su territorio y qué instrumentos jurídicos y económicos permite la legislación para desarrollarla correctamente.

No corresponde defender una fórmula idéntica para todos los municipios ni afirmar que una Sociedad Musical deba recibir automáticamente un determinado tratamiento por el simple hecho de serlo. Cada Administración debe actuar dentro del marco legal, justificar sus decisiones y atender a las circunstancias concretas.

Lo que sí resulta razonable pedir es que antes de decidir cómo tratar a una Sociedad Musical se comprenda qué es realmente.

Tampoco pedimos privilegios

Esta frase debe decirse con absoluta claridad.

FEDERBAND no defiende que una Sociedad Musical deba recibir recursos públicos simplemente porque lleve muchos años existiendo.

La historia merece reconocimiento, pero no sustituye a una buena gestión.

Nuestras entidades tienen que presentar proyectos, justificar correctamente los recursos recibidos, cumplir sus obligaciones, modernizar su funcionamiento, mejorar su transparencia y demostrar la actividad que desarrollan. También deben aprender a medir su impacto, comunicar mejor y explicar a la ciudadanía qué sucede durante los meses en los que la banda no aparece sobre un escenario.

Una Sociedad Musical que reclama que la Administración comprenda su singularidad debe estar preparada para demostrarla.

Y precisamente ahí se encuentra el verdadero sentido de nuestra reivindicación.

No pedimos que se nos considere diferentes porque lo afirmemos nosotros.

Pedimos que se observe nuestra actividad.

Que se cuenten los alumnos.

Que se conozcan las horas de formación.

Que se analice la programación anual.

Que se valore el patrimonio conservado.

Que se estudie el número de músicos, profesores, familias y voluntarios implicados.

Que se conozca nuestra trayectoria.

Que se mida, cuando sea posible, el retorno cultural, educativo y social generado en el municipio.

Después de hacer todo eso, quizá resulte mucho más difícil sostener que estamos simplemente ante «otra asociación más».

Una Sociedad Musical puede ser parte de la infraestructura cultural del municipio

Este es probablemente el cambio conceptual que necesitamos.

Hay municipios que consideran infraestructura cultural únicamente aquello que pueden construir: una biblioteca, un teatro, un auditorio, una casa de la cultura.

Pero una infraestructura cultural también puede estar formada por personas, conocimientos y organizaciones.

Una Sociedad Musical que mantiene durante décadas una Escuela de Música y una banda está proporcionando al municipio capacidad para producir cultura desde dentro. No solamente programa cultura para espectadores: permite que los propios vecinos aprendan, participen y terminen convirtiéndose en creadores e intérpretes.

Un Ayuntamiento puede contratar mañana una excelente banda para ofrecer un concierto.

Lo que no puede contratar mañana es una comunidad de cincuenta músicos de su propio municipio formada durante veinte años.

Puede comprar instrumentos.

No puede comprar veinte años de formación.

Puede imprimir partituras.

No puede adquirir de un proveedor la relación entre generaciones.

Puede contratar una actuación para las fiestas.

No puede contratar ciento cincuenta años de memoria cultural.

Precisamente por eso proteger las estructuras existentes puede resultar tan importante como crear nuevas programaciones.

Y hay algo especialmente importante en nuestros pueblos

Esta cuestión adquiere una dimensión todavía mayor en municipios pequeños y zonas rurales.

El Ministerio de Cultura ha destacado, en relación con las Sociedades Musicales valencianas, la importancia de las bandas, sus centros educativos y las organizaciones que las sustentan para el mundo rural, al proporcionar acceso a cultura, educación y creatividad.

Esta reflexión resulta perfectamente comprensible desde Andalucía.

En determinados municipios, una Sociedad Musical puede constituir una de las pocas estructuras culturales permanentes capaces de ofrecer formación durante todo el año. Puede permitir que un niño aprenda música sin que su familia tenga que desplazarse continuamente a otra localidad. Puede generar actividad intergeneracional y mantener una programación propia incluso donde existen recursos culturales limitados.

Cuando desaparece una estructura así, no desaparece solamente una asociación del registro municipal.

Desaparece capacidad cultural instalada en el territorio.

Y recuperarla puede necesitar décadas.

El Ayuntamiento también gana cuando comprende lo que tiene

Este debate no debería plantearse como una confrontación entre Sociedades Musicales y administraciones locales.

Los Ayuntamientos son probablemente los aliados institucionales más cercanos de nuestras entidades. En muchísimos municipios, la colaboración mantenida durante años ha permitido conservar Escuelas, organizar proyectos, mejorar instalaciones y garantizar la presencia de las bandas en la vida cultural local.

Precisamente por eso necesitamos relaciones cada vez más maduras.

Una Administración que conoce correctamente su Sociedad Musical puede planificar mejor. Puede establecer objetivos, exigir resultados, coordinar calendarios, aprovechar sus recursos culturales y diseñar proyectos conjuntamente.

Puede también detectar sus debilidades antes de que sea demasiado tarde.

Si una Escuela comienza a perder alumnado, si determinadas especialidades instrumentales desaparecen o si una entidad atraviesa dificultades para mantener su actividad, el problema cultural que aparecerá dentro de diez años puede empezar a resolverse hoy.

Comprender la singularidad de una Sociedad Musical no beneficia solamente a la asociación.

Beneficia al municipio que dispone de ella.

Antes de marcar la misma casilla, abramos la puerta

Volvamos finalmente al despacho municipal del principio.

Sobre la mesa continúan los expedientes de todas las asociaciones. Administrativamente hay semejanzas entre ellos y todas merecen que la Administración las atienda con respeto, transparencia y criterios objetivos.

Pero antes de concluir que todas necesitan exactamente lo mismo, quizá convendría salir del despacho.

Visitar la Sociedad Musical.

Entrar una tarde cualquiera, no el día del gran concierto.

Ver las aulas.

Hablar con los profesores.

Preguntar cuántos alumnos estudian allí.

Conocer a la banda juvenil.

Abrir el archivo.

Escuchar a la junta directiva.

Preguntar cuánto cuesta mantener la estructura durante doce meses.

Conocer cuántos años lleva formando músicos.

Observar cómo una persona de sesenta años comparte ensayo con otra de dieciséis.

Y después regresar al Ayuntamiento y decidir qué política pública resulta adecuada.

Desde FEDERBAND defendemos todo el tejido asociativo y reconocemos el extraordinario valor que las asociaciones aportan a nuestros municipios. Precisamente por respetar esa diversidad creemos que las administraciones deben ser capaces de reconocer las características específicas de cada realidad.

Las Sociedades Musicales somos asociaciones.

Por supuesto.

Pero algunas asociaciones, con el paso de las décadas, la formación de generaciones, la conservación de patrimonio y el servicio continuado a su comunidad, terminan convirtiéndose también en algo más: instituciones culturales de sus municipios.

Y quizá haya llegado el momento de que las políticas públicas comiencen a tratarlas con la profundidad que esa realidad merece.

Deja un comentario