¿Cuántas actuaciones hace vuestra banda al año? La pregunta parece sencilla. El problema aparece cuando utilizamos su respuesta para intentar determinar cuánto aporta una Sociedad Musical a su municipio. Porque podemos contar conciertos, procesiones, pasacalles y actos institucionales. Lo que resulta bastante más difícil es contar todo lo que ha tenido que suceder durante años para que, llegado el día, cincuenta músicos puedan sentarse delante de un público y comenzar a tocar.
Un Ayuntamiento y una Sociedad Musical se sientan a hablar sobre su colaboración para el próximo año. Sobre la mesa aparece inevitablemente el calendario. Fiestas patronales, Navidad, Semana Santa, algún acto institucional, conciertos y otras actividades municipales. Se suman las fechas y obtenemos una cifra.
Dieciocho actuaciones.
A partir de ahí resulta relativamente fácil hacer otra operación. Si la aportación municipal es determinada cantidad y la banda realiza dieciocho servicios, podemos dividir una cifra entre la otra. De repente tenemos incluso un supuesto precio por actuación.
Matemáticamente, la cuenta puede ser impecable.
Culturalmente, acabamos de perder casi todo lo importante.
Porque una Sociedad Musical no existe durante esas dieciocho fechas. Existe los 365 días del año. Y buena parte de lo que hace posible aquellas actuaciones sucede precisamente cuando el Ayuntamiento, el público y buena parte del municipio no están mirando.
Antes del concierto hubo diez años
Imaginemos a una clarinetista de dieciocho años sentada en la banda durante un concierto municipal.
Podemos contarla como una música más dentro de aquella actuación. Pero su presencia en ese atril no comenzó esa tarde.
Quizá entró en la Escuela de Música con siete años. Aprendió Lenguaje Musical, comenzó sus primeras clases de instrumento, participó en audiciones, pasó por una agrupación infantil y después por una banda juvenil. Hubo profesores que la formaron, una familia que la acompañó, compañeros con los que aprendió a tocar en conjunto y una organización que consiguió mantener toda aquella estructura funcionando durante más de una década.
Cuando finalmente aparece sobre el escenario parece que simplemente hemos necesitado una clarinetista.
En realidad hemos necesitado once años.
Esta diferencia es fundamental para comprender el valor de nuestras Sociedades Musicales.
Una actuación profesional puede contratarse. Se acuerdan unas condiciones, llegan los músicos, realizan su trabajo y termina la relación establecida para aquel evento.
Una Sociedad Musical funciona de otra manera. Para disponer de músicos mañana necesita empezar a formarlos hoy.
Por eso su valor no puede calcularse exclusivamente observando aquello que produce de manera inmediata.
Lo visible es solamente el último eslabón
Las administraciones conocen perfectamente una parte de nuestras Sociedades Musicales porque trabajan habitualmente con ella: la banda.
Es lógico. Es la agrupación que participa en las fiestas, ofrece conciertos, acompaña determinados actos y representa musicalmente al municipio.
Pero detrás de esa banda puede existir una estructura mucho mayor.
Escuela de Música. Profesorado. Banda infantil. Banda juvenil. Agrupaciones de cámara. Archivo musical. Instrumentos propiedad de la asociación. Material educativo. Dirección artística. Personal administrativo cuando existe. Familias. Junta directiva. Voluntariado. Locales. Almacenes. Uniformidad. Seguros. Gestión económica. Comunicación. Proyectos.
Y tiempo.
Muchísimo tiempo.
Cuando una Sociedad Musical solicita apoyo para mantener su actividad no está pidiendo necesariamente que alguien pague el concierto del domingo. Está intentando mantener la estructura que permitirá que haya concierto el domingo, el año próximo y, si hacemos las cosas correctamente, dentro de veinte años.
Esta diferencia debería estar presente en cualquier conversación seria entre una Sociedad Musical y su administración local.
No todo lo que tiene valor genera una entrada
Existe además una dificultad añadida: muchas de las cosas más valiosas que producen nuestras entidades no tienen precio de taquilla.
¿Cuánto vale que un niño pueda comenzar a estudiar un instrumento en su propio municipio?
¿Cuánto vale que un adolescente encuentre un espacio en el que compartir varias horas cada semana con personas de su edad y también con adultos?
¿Cuánto vale que una persona pueda seguir haciendo música a los cincuenta, sesenta o setenta años?
¿Cuánto vale conservar un archivo musical durante generaciones?
¿Cuánto vale que músicos formados en la localidad participen después en sus fiestas, celebraciones y actos culturales?
¿Cuánto vale disponer de una organización capaz de reunir a decenas de vecinos alrededor de un proyecto común?
No se trata de afirmar que estas cosas tengan un valor económico infinito ni de utilizarlas para justificar cualquier petición presupuestaria. Las Sociedades Musicales debemos presentar cuentas, explicar nuestros gastos, justificar los recursos públicos recibidos y gestionar con responsabilidad.
La reivindicación es otra.
Que aquello que no resulta sencillo convertir en euros no sea considerado automáticamente como si no tuviera valor.
Las políticas culturales necesitan números, pero también necesitan comprender qué significan esos números.
Una Escuela de Música no es un gasto accesorio de la banda
Este punto merece una atención especial.
En demasiadas ocasiones puede interpretarse la Escuela de Música como una actividad complementaria de la asociación. Está la banda, que sería lo importante, y alrededor de ella existen las clases.
La realidad es prácticamente la contraria.
Sin formación difícilmente existe continuidad.
Una Escuela de Música es el lugar donde comienza a construirse la Sociedad Musical que tendrá un municipio dentro de diez, veinte o treinta años. Allí no solamente se enseña a tocar instrumentos. Se generan hábitos musicales, se aprende a escuchar a otros, aparecen amistades, se conocen las primeras experiencias colectivas y comienza a desarrollarse el sentimiento de pertenencia.
Por supuesto, no todos los alumnos terminarán en la banda.
Y no deberían tener que hacerlo.
La educación musical tiene valor por sí misma. Pero una parte de ellos continuará y garantizará el relevo de las agrupaciones. Otros estudiarán profesionalmente. Algunos dejarán temporalmente la música y regresarán años después. Habrá quienes terminen enseñando a la siguiente generación.
El resultado de una Escuela de Música no puede medirse en diciembre preguntando cuántos conciertos ha producido durante ese ejercicio.
Estamos sembrando algo cuyo resultado aparecerá muchos años después.
Si las administraciones quieren bandas fuertes, necesitan comprender esta cadena.
No podemos preocuparnos por la falta de músicos cuando aparecen atriles vacíos y olvidarnos durante los diez años anteriores de la estructura encargada de formarlos.
«Pero la banda solamente ha actuado doce veces»
Aquí encontramos uno de los grandes errores conceptuales.
Si la relación entre una Administración y una Sociedad Musical se construye exclusivamente alrededor de un número determinado de actuaciones, es comprensible que finalmente todo termine analizándose como una prestación de servicios.
Doce actuaciones. Una cantidad económica. Un calendario.
Pero entonces debemos ser coherentes: estaremos valorando actuaciones, no necesariamente sosteniendo una institución cultural.
Son conversaciones diferentes.
Una Administración puede necesitar contratar determinados servicios musicales y establecer para ello el instrumento jurídico que corresponda. Eso forma parte de la actividad normal de cualquier Ayuntamiento.
Pero también puede existir una política pública destinada a favorecer la educación musical, conservar patrimonio, fomentar el asociacionismo cultural, facilitar la participación ciudadana o fortalecer una institución cultural arraigada en el municipio.
Mezclar ambas dimensiones genera muchos de los problemas que posteriormente aparecen entre bandas y administraciones.
Porque una cosa es preguntarse cuánto cuesta que una banda participe en determinado acto.
Y otra muy distinta es preguntarse qué necesita el municipio para disponer de una Sociedad Musical sólida.
También existe un retorno que pocas veces aparece en las cuentas
Cuando hablamos de inversión pública en cultura tendemos a observar primero el gasto.
Es razonable. Los recursos públicos son limitados y deben administrarse responsablemente.
Pero cualquier análisis completo debería mirar también lo que regresa a la comunidad.
Una Sociedad Musical puede generar actividad económica mediante profesores, directores, reparación de instrumentos, adquisición de material, transporte, imprentas, uniformidad, comercios especializados, restauración asociada a encuentros y desplazamientos o contratación de diferentes servicios.
Pero el retorno más importante probablemente sea cultural y social.
La inversión realizada en formación produce músicos.
La inversión en una agrupación produce actividad cultural.
El apoyo a una Escuela genera oportunidades educativas.
La estabilidad de una entidad permite desarrollar proyectos de mayor recorrido.
Y una Sociedad Musical fuerte puede convertirse además en elemento de identidad y proyección exterior de su municipio.
Por eso sería interesante que nuestras propias asociaciones comenzaran también a recopilar mejor estos datos.
No basta con decir que somos importantes.
Tenemos que aprender a demostrarlo.
Aquí las Sociedades Musicales tenemos deberes
La reivindicación pierde fuerza cuando no va acompañada de responsabilidad.
Si queremos que las administraciones dejen de medirnos únicamente por nuestras actuaciones, nosotros debemos ofrecerles otras formas de medir nuestra actividad.
¿Cuántos alumnos tenemos?
¿Cuántos profesores?
¿Cuántas horas de formación impartimos cada curso?
¿Cuántos músicos participan regularmente?
¿Cuántas agrupaciones mantenemos?
¿Cuántas actividades propias desarrollamos?
¿Cuánto empleo directo o indirecto generamos?
¿Cuántas personas voluntarias participan?
¿Cuántos instrumentos mantenemos?
¿Qué patrimonio documental conservamos?
¿Cuántos años lleva nuestra entidad trabajando en el municipio?
¿Cuántos jóvenes pasan de la Escuela a las agrupaciones?
¿Cuántas colaboraciones realizamos con colegios, asociaciones u otras instituciones?
Cuando disponemos de esta información, la conversación cambia.
Ya no estamos diciendo simplemente: «Nuestra banda es muy importante para el pueblo».
Estamos mostrando por qué.
FEDERBAND debe ayudar también a impulsar esta cultura de la medición, la planificación y la buena gestión. Defender nuestras Sociedades Musicales exige emoción, porque detrás de ellas existen historias extraordinarias, pero también necesita datos.
Reivindicación y profesionalización no son conceptos enfrentados.
Se necesitan mutuamente.
Un Ayuntamiento puede comprar música. Lo que no puede comprar es una Sociedad Musical
Esta quizá sea la diferencia que mejor resume todo el debate.
Un Ayuntamiento puede contratar una banda profesional para un concierto.
Puede contratar una orquesta.
Puede contratar un espectáculo extraordinario.
Puede contratar músicos para sus fiestas.
Y debe poder hacerlo cuando lo considere adecuado dentro de su programación cultural.
Lo que no puede hacer es llamar el lunes a una empresa y solicitar:
«Necesito para el viernes una Sociedad Musical con setenta años de historia, cincuenta músicos del municipio, una Escuela con cien alumnos, profesores, una banda juvenil, un archivo histórico, varias generaciones de familias vinculadas y capacidad para continuar formando músicos durante los próximos veinte años».
Eso no existe en ningún catálogo.
Porque una Sociedad Musical no se compra.
Se construye.
Y se construye muy despacio.
Puede necesitar décadas para alcanzar una estructura sólida y, sin embargo, puede debilitarse en pocos años si desaparecen los apoyos, la formación, las instalaciones adecuadas o el relevo necesario.
Por eso la responsabilidad de conservarla corresponde primero a quienes forman parte de ella, pero una Administración que comprende el patrimonio cultural de su municipio tampoco debería permanecer ajena.
El problema aparece cuando hacemos la división
Volvamos a aquellas dieciocho actuaciones del principio.
Imaginemos que alguien toma la aportación municipal anual, la divide entre dieciocho y obtiene una cantidad por concierto.
La calculadora funciona.
Lo que falla es la pregunta.
Porque aquella cantidad no explica por sí sola la Escuela que abrió sus puertas cientos de tardes, los profesores que formaron a los alumnos, las horas de ensayo, el mantenimiento de los instrumentos, el trabajo administrativo, los proyectos desarrollados, el patrimonio conservado ni las miles de horas aportadas voluntariamente por músicos y responsables de la asociación.
Tampoco explica los años que necesitó aquella clarinetista de dieciocho años para llegar hasta su atril.
Cuando el director levante la batuta en el próximo concierto, el público escuchará la primera nota unos segundos después.
Pero esa primera nota no empezó cuando bajó la batuta.
Empezó muchos años antes.
Quizá en un aula pequeña, con una niña intentando producir por primera vez un sonido con un clarinete.
Quizá con unos padres que decidieron matricularla.
Quizá con una profesora que consiguió que no abandonara cuando aquello se puso difícil.
Quizá con una junta directiva que buscó recursos para mantener abierta la Escuela.
Quizá incluso mucho antes, cuando otras personas fundaron una asociación pensando que aquel pueblo necesitaba música.
Todo eso termina sonando dentro de aquella primera nota.
Desde FEDERBAND creemos que nuestras administraciones deben conocerlo, pero también que nuestras Sociedades Musicales tienen la responsabilidad de explicarlo.
Porque solamente cuando comprendamos todo lo que sucede antes de que una banda empiece a tocar podremos comenzar a hablar seriamente de cuánto vale una Sociedad Musical.
Y entonces probablemente dejaremos de contar únicamente conciertos.




