El músico que todavía no existe: ¿quién tocará en nuestras bandas dentro de diez años?

Cada septiembre, miles de alumnos regresan a las Escuelas de Música y otros cruzan sus puertas por primera vez. Mientras las bandas recuperan ensayos, repertorios y proyectos, comienza también un proceso mucho menos visible: preparar a las personas que tendrán que sostener nuestras Sociedades Musicales dentro de diez, veinte o treinta años. Pensar en ellas obliga a mirar el relevo generacional de una manera diferente.

En una noche cualquiera de septiembre, una banda vuelve a ocupar su local de ensayo. Los músicos llegan poco a poco, abren los estuches, colocan los atriles y recuperan esa rutina que, después de tantos años, parece funcionar casi por sí sola. El director prepara las partituras mientras las distintas cuerdas van completándose y, cuando finalmente levanta la batuta, delante de él puede haber cuarenta, cincuenta, sesenta o más personas. Vista desde fuera, la imagen transmite estabilidad. La banda está allí, tiene músicos, tiene repertorio y tiene por delante una nueva temporada.

Sin embargo, basta con desplazar mentalmente aquella escena diez años hacia el futuro para que aparezca una realidad bastante menos previsible. Algunos músicos seguirán ocupando exactamente la misma silla, pero otros habrán cambiado de residencia, terminado sus estudios lejos del municipio, asumido nuevas responsabilidades familiares o profesionales, dejado temporalmente la música o alcanzado una edad en la que ya no puedan mantener la misma actividad. Habrá incorporaciones, regresos y abandonos imposibles de anticipar. La fotografía de aquella banda, aparentemente estable, habrá cambiado mucho más de lo que hoy podemos imaginar.

Esta transformación forma parte de la vida natural de cualquier agrupación. Las bandas nunca han sido estructuras inmóviles; han sobrevivido precisamente porque unas generaciones han ido dejando espacio a las siguientes. La cuestión importante no es, por tanto, evitar que los músicos se marchen, algo imposible y en muchos casos perfectamente normal, sino preguntarnos si estamos creando hoy las condiciones necesarias para que otras personas puedan ocupar mañana esos atriles.

Y algunas de esas personas ya están entre nosotros.

El futuro puede estar ahora mismo en un aula

Quizá el futuro clarinetista de la banda titular está aprendiendo actualmente sus primeras notas. Puede que quien dentro de quince años ocupe la primera trompeta todavía esté intentando decidir qué instrumento le gusta. El futuro percusionista quizá acaba de matricularse en música y aún no sabe leer una partitura. Otros futuros integrantes de nuestras agrupaciones tienen cuatro o cinco años y algunos, si ampliamos suficientemente el horizonte, ni siquiera han nacido todavía.

Esta perspectiva modifica la manera de contemplar una Escuela de Música. Deja de ser únicamente el lugar donde se imparten clases durante un curso académico y aparece como uno de los principales espacios donde se construye la continuidad de una Sociedad Musical. Cada alumno inicia un recorrido cuyo destino no conocemos. Algunos encontrarán una vocación profesional, otros disfrutarán de la música durante unos años y tomarán después otros caminos, y una parte acabará incorporándose a las diferentes agrupaciones de la entidad. Todos esos recorridos son legítimos y forman parte de la propia naturaleza de la educación musical.

Para una Sociedad Musical, sin embargo, existe además una responsabilidad añadida: observar ese proceso con perspectiva. Una Escuela puede tener muchos alumnos y, pese a ello, no estar garantizando necesariamente el equilibrio futuro de sus agrupaciones. El número total de matrículas ofrece una información importante, pero no cuenta toda la historia. También necesitamos saber qué instrumentos están estudiando esos alumnos, cuántos permanecen vinculados a la entidad a medida que crecen, qué especialidades presentan dificultades para encontrar nuevos estudiantes y cómo se produce el tránsito desde las aulas hacia las bandas infantiles, juveniles o titulares.

Un desequilibrio que hoy parece pequeño puede hacerse muy visible dentro de algunos años. Si durante varios cursos apenas entran alumnos de determinadas especialidades, la consecuencia quizá no aparezca inmediatamente porque todavía existen músicos capaces de cubrir esos puestos. Cuando llegue el momento de sustituirlos, la Sociedad Musical descubrirá que aquella ausencia comenzó mucho antes de que apareciera la silla vacía.

Contar alumnos no es suficiente

Durante décadas hemos utilizado indicadores sencillos para explicar la fortaleza de nuestras Escuelas de Música. Decimos que tenemos cincuenta, cien o doscientos alumnos, y con razón celebramos esas cifras porque representan a personas que están accediendo a una formación musical. Pero el reto del relevo generacional invita a incorporar otras preguntas a esa fotografía.

Conviene conocer cuántos alumnos continúan después de los primeros cursos, cuántos llegan a participar en una agrupación, en qué edades aumenta el abandono, qué ocurre cuando comienzan la Educación Secundaria, el Bachillerato o la Universidad y qué relación mantienen con la Sociedad Musical aquellos jóvenes cuya disponibilidad empieza a disminuir. También resulta necesario observar si la entidad ofrece suficientes espacios de participación para que aprender un instrumento termine convirtiéndose en una experiencia colectiva.

Esta última cuestión tiene una importancia especial. Un alumno puede recibir una excelente formación individual y, sin embargo, no desarrollar nunca una relación profunda con la Sociedad Musical que la hace posible. El vínculo suele construirse de otra manera: aparece en el primer ensayo con otros compañeros, en el primer concierto, en un viaje, en la responsabilidad de preparar una parte porque otros músicos dependen de ella o en la sensación de comenzar a formar parte de una historia que ya existía antes de su llegada.

La continuidad de nuestras bandas depende, por tanto, tanto de enseñar música como de conseguir que exista una comunidad musical a la que merezca la pena pertenecer. Esa dimensión no figura siempre en los programas académicos, pero puede determinar que un joven siga vinculado a su entidad cuando lleguen las etapas de la vida en las que el tiempo libre disminuye y aparecen muchas otras alternativas.

El relevo no consiste en sustituir a quien se marcha

Pensar el relevo generacional exclusivamente como una operación de sustitución puede llevarnos a actuar demasiado tarde. Cuando falta una trompa, buscamos una trompa. Cuando necesitamos un fagotista, intentamos encontrarlo. Cuando una cuerda comienza a debilitarse, aparece la preocupación. Son respuestas comprensibles ante necesidades inmediatas, pero una Sociedad Musical necesita trabajar con horizontes mucho más largos.

Formar a un músico requiere años. Integrarlo en una agrupación, permitirle adquirir experiencia y conseguir que desarrolle un vínculo duradero con la entidad requiere todavía más tiempo. Por eso el relevo no debería comenzar cuando aparece una vacante, sino cuando todavía no existe ningún problema aparente.

Esto implica conocer la estructura de edades de las agrupaciones, anticipar necesidades instrumentales, coordinar la Escuela de Música con la realidad de la banda y facilitar que los músicos jóvenes encuentren progresivamente su espacio. También exige aceptar que la incorporación debe realizarse con criterios educativos y artísticos adecuados, sin convertir a los alumnos en simples piezas necesarias para completar una plantilla.

La finalidad de una Escuela de Música es mucho más amplia que abastecer una banda. Su misión educativa tiene valor por sí misma. Precisamente por eso, planificación y formación deben caminar juntas: una Sociedad Musical puede respetar plenamente las preferencias y los procesos de sus alumnos mientras observa, al mismo tiempo, qué necesidades tendrá la institución dentro de varios años.

Hay una edad especialmente delicada

Muchas Sociedades Musicales conocen bien el momento. Durante la infancia, el alumno asiste regularmente a clase, participa en actividades y cuenta con una organización familiar que facilita su continuidad. Después llega la adolescencia y el escenario cambia.

Aumenta la carga académica. Aparecen nuevos intereses, actividades, amistades y formas de ocupar el tiempo. Más adelante llegan Bachillerato, la Universidad, la Formación Profesional, los primeros trabajos o la necesidad de marcharse a otra ciudad. El músico que durante años parecía formar parte estable de la entidad empieza a tener dificultades para acudir a todos los ensayos.

No siempre debemos interpretar esta etapa como una falta de compromiso. Las vidas cambian y las Sociedades Musicales también necesitan aprender a convivir con esas transformaciones. Quizá uno de los grandes retos contemporáneos sea encontrar fórmulas que permitan mantener el vínculo incluso cuando la participación no pueda ser tan intensa como antes.

Un joven que durante unos años estudia fuera puede regresar. Quien reduce temporalmente su actividad por motivos familiares puede volver más adelante. El músico que no puede participar en todos los proyectos quizá sí pueda hacerlo en algunos. Mantener abiertas esas puertas puede resultar mucho más importante para el futuro de una entidad que exigir una continuidad imposible de sostener en determinadas etapas vitales.

Una Sociedad Musical que sabe conservar vínculos tiene más posibilidades de recuperar personas. Una que convierte cada ausencia en una despedida definitiva tendrá que comenzar continuamente desde cero.

Pero ¿quién dirigirá la Sociedad Musical dentro de veinte años?

Existe otra dimensión del relevo generacional de la que hablamos bastante menos y que quizá sea tan importante como la musical.

Imaginemos que hacemos perfectamente todo lo anterior. La Escuela funciona, entran alumnos, las diferentes especialidades tienen continuidad y dentro de quince años la banda dispone de suficientes músicos jóvenes.

¿Quién organizará la entidad?

¿Quién asumirá la presidencia?

¿Quién llevará la tesorería o la secretaría?

¿Quién preparará proyectos, gestionará subvenciones, coordinará actividades o mantendrá la relación con las administraciones?

¿Quién abrirá el local, organizará un desplazamiento, resolverá un problema administrativo o dedicará una tarde a preparar una reunión?

Las Sociedades Musicales necesitan músicos, pero necesitan también personas dispuestas a sostener la estructura que permite a esos músicos encontrarse cada semana.

Durante años, buena parte de ese trabajo ha descansado sobre juntas directivas y voluntarios que acumulan una experiencia enorme. Conocen la historia de la entidad, saben cómo funcionan determinados procedimientos y han aprendido a resolver problemas que rara vez aparecen escritos en un manual. Cuando esas personas dejan sus responsabilidades sin que haya existido una transmisión progresiva de conocimiento, puede desaparecer con ellas una parte importante de la memoria organizativa.

El relevo generacional, por tanto, también debe llegar a los despachos, a los archivos, a las reuniones y a la gestión cotidiana. Incorporar jóvenes a la vida de la Sociedad Musical no debería limitarse a sentarlos en un atril. Es conveniente que conozcan cómo funciona su entidad, que participen en proyectos, que puedan aportar nuevas ideas y que comprendan que aquello que disfrutan cada semana existe porque otras personas han asumido responsabilidades durante años.

La tradición también necesita ser transmitida

Existe todavía otra herencia menos visible. Cada Sociedad Musical posee una manera particular de entender determinados acontecimientos, repertorios, celebraciones y relaciones con su municipio. Parte de ese conocimiento está documentado, pero otra parte vive únicamente en las personas.

Un músico veterano recuerda por qué se interpreta determinada obra en una fecha concreta. Alguien sabe quién donó aquel instrumento. Otra persona puede contar cómo se recuperó una tradición después de muchos años. En algún armario descansan fotografías cuyos protagonistas solo reconocen ya unos pocos miembros de la entidad.

El relevo generacional consiste también en conseguir que esa memoria encuentre nuevos depositarios. No para convertir las Sociedades Musicales en museos de sí mismas, sino para permitir que evolucionen sabiendo de dónde vienen. Las nuevas generaciones tienen derecho a transformar sus entidades, introducir otros repertorios, nuevas tecnologías, diferentes maneras de comunicar y formas distintas de relacionarse con la sociedad. Pero esa transformación será mucho más rica si pueden realizarla conociendo la historia que reciben.

Tradición y renovación no son fuerzas necesariamente opuestas. En las Sociedades Musicales llevan conviviendo desde hace generaciones. Cada músico que entra modifica ligeramente la agrupación y, al mismo tiempo, recibe algo de quienes estaban antes.

Septiembre es mucho más importante de lo que parece

Estos días, mientras comienzan nuevos cursos en las Escuelas de Música, se están produciendo escenas aparentemente pequeñas en muchos municipios andaluces. Una familia pregunta por primera vez por las clases. Un niño prueba varios instrumentos. Una alumna regresa después del verano. Una banda juvenil prepara sus primeros ensayos del curso. Un músico veterano ayuda a colocar correctamente una partitura a quien acaba de incorporarse.

Resulta imposible saber cuáles de esas escenas tendrán importancia dentro de veinte años. El niño que hoy apenas consigue producir un sonido puede abandonar la música dentro de dos cursos o convertirse algún día en uno de los músicos más veteranos de su banda. Una alumna puede terminar dedicándose profesionalmente a la música. Otro estudiante quizá siga una profesión completamente distinta y continúe acudiendo cada viernes a ensayar durante cuarenta años. Alguno de ellos podría presidir algún día la entidad que hoy acaba de conocer.

Esa incertidumbre forma parte de la extraordinaria capacidad de las Sociedades Musicales para trabajar a largo plazo. Cada curso sembramos procesos cuyos resultados no podremos conocer inmediatamente. Buena parte de lo que hoy consideramos patrimonio de nuestras bandas comenzó de una manera igualmente sencilla: alguien entró un día por primera vez en una Escuela de Música y decidió continuar.

Desde FEDERBAND creemos que hablar de relevo generacional exige precisamente ampliar la mirada. Necesitamos Escuelas de Música fuertes y accesibles, pero también planificación instrumental, espacios para las agrupaciones juveniles, capacidad para mantener vinculados a los adolescentes y jóvenes, transmisión de conocimiento, renovación de las juntas directivas y oportunidades reales para que las nuevas generaciones participen en la construcción de sus propias entidades.

No se trata de adivinar cómo será nuestra banda dentro de veinte años. Nadie puede hacerlo. Se trata de procurar que, cuando llegue ese momento, siga existiendo una comunidad capaz de decidir cómo quiere que sea.

Quizá dentro de unas décadas alguien ocupe el mismo atril en el que hoy se sienta uno de nuestros músicos. Tendrá otra edad, otros referentes y probablemente una forma diferente de entender la música. Es posible que utilice herramientas que hoy ni siquiera conocemos y que interprete repertorios que todavía no se han escrito. Pero para poder llegar hasta allí necesitará encontrar una Sociedad Musical que haya sabido mantenerse viva durante todo ese tiempo.

Y ese futuro, aunque todavía no podamos ponerle nombre ni rostro, ya ha empezado a construirse.

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